Tiempo para caudillos

Washington, D.C. Por: Jairo Sandoval  /
¿Qué suerte de mandatario debe tener un país en el que, simultáneamente, la justicia se halla en transición, los partidos en metástasis, la economía en evolución, la educación, la seguridad, las relaciones internacionales en vaivenes, así como en crisis la igualdad social y en apremios la salud…? ¿Actúa en la entraña misma de una revolución y se mantiene en un estado de formal y confiable discernimiento revolucionario?

Colombia es tal país y Santos su presidente. Por lo cual incumbe interrogar: ¿Se ostenta JM Santos con temple de rebelde? ¿Acaudilla a su gente a la manera de todo líder revolucionario?

Para elucidarlo contribuyo con las ponderaciones siguientes:

Independientemente de como se analice o cuantifique la realidad expresa del país, éste es el momento para que el mandatario de turno piense y obre en grande. Porque el cúmulo de tragedias nacionales que a través de las décadas se ha hacinado en la mente y el pecho de cada colombiano no ha sido resultado de simples epifenómenos sino de profundas desdichas personales y miseria colectiva.

No es pues el momento para tácticas de simple supervivencia nacional -para eso ya no hay razón o tiempo-, sino de estrategias categóricas. Nuestro sistema de gobierno y de vida se ha vuelto esclerótico e inaceptable. La nación ostenta graves deficiencias en materia de movilidad social atinada. Nuestra política es un mecanismo disfuncional.
Las soluciones del Mercado Libre, tal como las interpretamos, no resuelven las perennes carencias de la gente. Ni solventan el atraco permanente a la economía nacional por parte de los pícaros de las finanzas estatales y del capital fraudulento emergente. Tampoco extinguen la destrucción del campo, o la incuria y felonía en lo tocante a la infraestructura del país. De remate, la ciudadanía entera, alelada, opta más por orillar las graves tribulaciones públicas, que por remediarlas.
Problemas endémicos, todos los anteriores, que llegaron a enconarse durante la Anarquía Constitucional del doble cuatrienio precedente.

El riesgo central, por supuesto, es un verosímil descenso catastrófico nacional, a no ser que todo el país rompa su silencio cósmico y rechace el ilusionismo a favor de la autenticidad. Aún así, entender el desafío es una cosa, empuñar las herramientas para derrotarlo, es otra.

Lógico entonces inferir que para el año 2012 un Presidente colombiano combativo necesite:

* 1. Aceptar con beneficio de inventario la critica impotente y estática de una izquierda política venida a menos. Y en ocasiones absurdamente cómica. Si cuatro ‘polistas’ entran a discutir de política, ¿no suelen terminar formando cinco facciones? Y si ven la luz al final del túnel, ¿no se dan instintivamente a construir más túnel? 2. Pulverizar de una vez por todas las maquinaciones antigobiernistas y anticolombianas de Uribe Vélez, et al.

* Iniciar la ya demorada creación del ‘Capital Social’ sin cuyo flujo torrencial nunca se sofocaría, por ejemplo, la venalidad de la justicia arrejuntada a los criminales de cuello blanco o de mano negra.  Y crear la Gobernanza Nacional reclamante de cooperación entre los gobiernos y un mosaico de actores estratégicos, tales como la Sociedad Civil, con el fin de sellar la opacidad de la política y procrear tolerancia y empatía ciudadana. Y no hablo de utopías sino de intensos pragmatismos.

* Como, por el lado nefasto, la actual proliferación de partidos políticos robóticos y quincalleros viene de la mano con la nuclearización de Colombia en grupillos de poder, de acuerdo a la hacienda y los peculios arrojados por el crimen y la corrupción, entonces el Presidente haría bien en promover (sin querer queriendo) la desaparición de los partidos políticos no tradicionales y auspiciar la regeneración ética e ideológica del Partido Conservador. Y como, por el lado fasto, el Partido Liberal pasa a rejuvenecerse (¿deshaciéndose, quizás, de los líderes plutocráticos y proscribiendo el nepotismo y el delfinismo?), entonces él, Santos (delfín, un día) debiera regresar a tal Partido (cual maduro redentor).

* Dar inicio a la pacificación final de Colombia, pues ningún estratega ha recomendado jamás la perpetuidad del conflicto armado. El grado de libertinaje sicológico, degradación política, anestesia ética y alineación social a que, sin mayor repugnancia o contra-respuesta, hemos llegado los colombianos, es corolario de esta barbaridad. La paz es un Derecho Humano, y un derecho no es algo que se otorga, sino algo que no se puede quitar (¡menos, dejarse quitar!).

* Tener por axiomático el terrible pronóstico que le ofrece la historia universal: una ecología y un medio ambiente enfurecidos, en conjunción con circunstancias político-sociales resbaladizas, han creado en toda época y todo continente las condiciones que arruinan a los imperios, desploman a las civilizaciones o tumban gobiernos.

Permítaseme timbrar claro. Si JM Santos -el hombre y la figura pública- no se lima su elitismo y se planta el atuendo del Hombre-Pueblo, del ‘revolucionario’, su labor cual gobernante no será otra que de mediocridad (si medida con metro no colombiano), así sea dramática. Pero que haga la mudanza con cautela, tal como encargaba el trágico Hamlet: “Seáis sutiles pues en la tempestad de las pasiones debéis más bien ofrendar la Temperancia”. Y con mucho altruismo el canje, según la divisa lince del Che: “Por ridículo que parezca, el revolucionario está guiado por grandes sentimientos de amor”. Y aunque algunos se tornen apopléjicos al reconocer la autoria de esta cita, Santos debe recoger y hacer muy suya esta cualidad milenaria.

¿Para qué? Para romper el Presidente en público, abroquelado como un Prometeo. Para que plante en cada colombiano el Fuego del empeño, lo convoque a faenas sociales de aliento supra humano y lo provea de recursos materiales para coronarlas. Las mayorías filántropas y animosas del país responderán cuando su líder interprete con honestidad sus aspiraciones, desafíe sus prejuicios y se la juegue toda en faenas tan procelosas como faustas.

Confiese Santos que sus ponencias y proyectos actuales satisfarían, aun si totalmente efectivos, apenas los problemas mayores de los grupos sociales con peso para exigir y destreza para aprovechar. Pero no compensarían las dificultades de la masa agolpada en la pobreza y surta en la desesperación.

Sepa, en conclusión, que si hasta ahora esas multitudes andrajosas e invisibles no han divulgado su miseria y reclamado a sangre y fuego su desposeído sitio bajo el sol, es porque Dios es grande  o sagaces sus representantes en Colombia.

Caudillo pide la hora. Guíe Santos la Epifanía total. La viabilidad del cambio no violento todavía está ahí.   Jairo Sandoval Franky, Washington, DC

jfsando@msn.com

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