Palabras Regadas Por El Piso

Chicago, IL. 
(Cuento publicado en el número 194 de la revista Letralia, Tierra de
letras) /

Ella preferiría que el sobre desapareciera bajo el polvo o que una ráfaga
de viento lo arrastre a un rincón donde lo aguarde el olvido, que pase
algo para que ella pueda olvidarlo para siempre, un siempre que no
duraría mucho pues ella quiere olvidar no ese sobre en particular sino
todos los sobres, y sabe muy bien que pronto llegará el siguiente, y
después el otro, y así hasta quién sabe cuándo, hasta que el
apartamento se llene de sobres por olvidar, de sobres ignorados pero al
acecho, dispuestos a saltar sobre su memoria y sobre su curiosidad al
paso de una inocente escoba o tras el torbellino producto de hacer o
deshacer la cama. Por eso, se decide. Apenas a unos treinta
centímetros de la puerta está el sobre esperándola. Lo mira temerosa, y
de pronto, llena de una desesperación que solemos confundir con la
valentía, corre hacia el sobre, sus pies se deslizan antes de detenerse,
casi cae, pero no intenta recobrar el equilibrio, utiliza las fuerzas que la
arrastran hacia abajo para con el mismo impulso tomar el sobre e
hincarse de rodillas en el piso. Apenas un instante, una mirada casi
furtiva, le basta para saber que es uno de los sobres a los que tanto
teme, se llena de rabia, de furia y lo rasga con fuerza, con tanta fuerza
que rasga también el contenido, lo rompe en pedazos y riega los
pedazos por el piso, caminando de rodillas como quien paga una
penitencia.

Arrepentida, busca cinta adhesiva y recoge uno a uno los trozos de
papel. Pudo más la curiosidad, aunque ya conoce el contenido. Las
cartas en blanco, si el que estén en blanco permite seguirlas llamando
cartas, se suceden una a una, sin explicación, sin justificación, sin clave
para descifrarlas. Por eso la rabia, rabia que aumenta con cada nueva
carta, ella odia esas hojas en blanco; también, la intrigan. Quiere saber
lo que dicen, lo que sienten, por eso no soportó la imagen de los trozos
regados por el piso, condenando al perpetuo silencio el mensaje que
traían cuando eran carta, mensaje hecho de silencio pero no mudo.

Reconstruye las hojas con precisión de cirujano, como si poniendo un
pedazo en lugar de otro alterara para siempre el mensaje, convirtiendo el
silencio de esas hojas en un silencio diferente al que llevan escrito. Este
silencio es único, ella lo sabe.

Terminado el remiendo, se levanta con tres hojas en la mano y va a
guardarlas junto al resto. El pequeño montón formado por las hojas casi
idénticas, diferenciadas apenas por el número y posición de las tiras de
cinta adhesiva, o por la ausencia de las mismas, se le muestra como un
acertijo indescifrable. Revisa las hojas una por una como si fuera una
celosa coleccionista juzgando el valor de las piezas y determinando la
suma que piensa invertir en ellas. La cabeza se le llena de preguntas sin
respuestas, o con la misma, única e invariable: el silencio.

Palabras regadas por el piso

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.