Gabriel Garcia Marquez

May 18, 2014 by

gabriel

 

Washington D.C. Por Jairo Sandoval. Años después, frente a la biblioteca enlutada, los colombianos habíamos de recordar aquellas tardes remotas en que nuestro gran novelista nos llevó a conocer Colombia. La nación era entonces lo mismo que es ahora, una demarcación arrastrada por un rio de aguas turbulentas entre peñascos de feroz fisonomía política y farallones
económicos de brutal presencia.

Sí. Gabriel García Márquez (GGM) nos llevó a conocer Colombia. Así se trate de la lujuriante frondosidad física y humana descrita con la opulencia verbal e imaginativa de “Cien años de soledad”. Así se atienda el patético despabilarse la vida entre el hambre, las lluvias agoreras y las cigarras fúnebres de “El coronel no tiene quien le escriba”. Así se apunte a la humedad estancada, al ‘zumbido del sol’ y a la cadencia inexorable de una muerta tropical en medio del sopor, como en “La hojarasca”, o bien se aluda a generales ‘patriotas de la patria’ y a cáfilas de mampolones, a gallinazos aleteando sobre las vacas retoñadas de líquenes y parásitos marinos, como en el “Otoño del patriarca”. Así discurran – inclusive – nigromancias y pestes, como en “Del amor y otros demonios”. O se evoquen los pasajes de escrupulosa discreción en torno a los incorpóreos devaneos sexuales del salaz provecto y la impúber doncella sabaneados en noches de infinita paciencia, en la “Memoria de mis putas tristes”. Y se reflexione – todavía más — sobre “El general en su laberinto”, ese galante crepúsculo de la grandeza, esos postreros requiebros de amor, y la intrepidez marcial de un Simón Bolívar total e irrevocablemente caribe y tropical. Caraqueño mondo y lirondo.

En fin, así nos envuelva en gasas espectrales el tropel tumultuario de las aludidas singularidades de frase, sintaxis, adjetivación e
imágenes del Nobel, siempre será cierto que todo cuanto estampó es sus ‘lienzos’, cameos y miniaturas, hace de él más un cronista que un narrador, tanto un historiador dialéctico, como un novelista.

Sociólogo, en “Cien años…”, político, en “El otoño…”, sicólogo, en “El amor en…”, GGM manejó todas las perspectivas de su arte con idiosincrática soltura y se representó más descriptivo de Colombia que de Macondo, pues en términos analíticos reveló que Colombia es Macondo, y Bogotá su capital.

Y es tentando al desnudo la común vida social como se nos presenta el novelista costeño, pues que el “pueblo pueblo” es el actor-víctima del drama. La novela burguesa muere en Macondo, y la “neocapitalista” de que hablaba Carlos Fuentes, también. Y allí mismo nace la novela angustiosa, radical, protofuturista, cuyo lenguaje y galope rompen con el pasado irredimible. De ahí la ambigüedad y ambivalencia de prosa e idea de nuestro gran autor. Con su fascinante plurivocidad GGM obliga a los colombianos a vivir el pasado, la actualidad y el futuro, en combinación: es el paso modernista de lo utópico a lo empírico: es la concreción Einsteiniana del tiempo. Y la consecutiva de James Joyce: “Sujétese al ‘ahora’, al ‘aquí’, por donde todo el futuro se precipita
hacia el pasado”, dijo alguien en ‘Ulysses’.

GGM nos enseña a “sentir” nuestra historia sin los limitantes del espacio o la cronología. Lo escrito por él, previamente por su brujo mitómano y nuestro entendimiento transcronológico de esos dos sucesos quiebran el orden de lo vivido para emparentarlo con lo actualmente palpado (intuido), simples cuestiones de la pareidolia (estímulo ficticio). Postula Don Miguel de Unamuno (1864-1936), pensador español idealista: ”Estoy más seguro de la realidad histórica de Don Quijote que de la de Cervantes, [y] que Hamlet y Otelo hicieron a Shakespeare más que éste a ellos… El Sócrates histórico no fue el hombre de carne y hueso… sino que fue el que vivió en cada uno de los que le oyeron”. [‘La Agonía del Cristianismo’]. GGM nos brinda y nos fabula el ambiente mental necesario de adjuntar a la nación en paz que vamos a descubrir como vivencia hierofánica (sagrada) convocada por la lúcida Úrsula Iguarán, epítome de la sensatez colombiana, (fijaría Mircea Eliade).

He aquí el porqué: El literato de talento que logra convertirse en fuerza social es un producto de las relaciones sociales de su mundo en tanto obedezca la orientación objetiva (libre) de los acontecimientos que determinan esas relaciones. GGM no hubiera sido un novelista magistral sin haber entendido a fondo – intuitiva o deliberadamente – la naturaleza particular de su entorno social. Es más, la profundidad “ambiental” de cualquier corriente estética depende de la importancia que tenga para la capa social que esta corriente representa, como que el peso específico del artista no puede estar en contradicción con la rama social que alimenta su creatividad.

Pero, la actividad artística de un país es universalmente propiedad de la agrupación social que domina en lo económico y que — como efecto — determina lo social: la clase hegemónica. Clase que por controlar la fuerza y la producción material controla la fuerza y la producción intelectual. Y como a esta clase, y en especial a su cúspide oligárquica, le incumbe mantener a toda costa la expresión sistemática del poder supremo y cristalizar la ideología de la dominación, se percibe obligada a disimular el peso de su poder despótico sobre las restantes clases mediante el abracadabra de presentar sus propios intereses como el interés común y de revelar sus ideas como dotadas de valor universal. Cooptar a la Inteligencia es su truco favorito, aún al precio de confundir la estructura de clase con la estratificación social.

Conclusión: a la hegemonía colombiana ninguna luminaria le era más atractivo cooptar que a GGM, el exponente mejor calificado de la élite del conocimiento, y el que mantuvo una pulcritud de existencia, una imperturbable autonomía de pensamiento y una conciencia de clase imbatible, para no señalar el desdén sutil con que hizo la corte a las fascinadas élites nacionales, particularmente a la cachaca. Misma que le correspondió con sonsonetes y embelecos, o arrojándole — a la chita callando — la inquina de las patotas camorristas y la hostilidad de sus genuflectos órganos de desinformación. Pero no teniendo, dichas gentes de privilegio, talento semejante al suyo para increparlo en el terreno estético, lo impugnaron en el campo político, presumiéndolo débil, y recibieron la derrota en la forma del argumento del silencio. Así, en lo ético García Márquez se elevó sobre sus descalzurriados querellantes como el roble sobre el trébol. Y lo hizo en consecuencia con su identidad social: Reconocerse, tranquilamente, parte integral de la clase media. Aflorar con agrado y afincarse a perpetuidad en ella. Pas plus.

Por esta razón escribió su obra “como el gusano de seda produce la seda, cual expresión de su propia naturaleza”. (El símil original fue de Engels, sobre John Milton). Jairo Sandoval Franky, Washington DC

Related Posts

Tags

Share This

Leave a Reply