Echose a Andar

Por: Jairo Sandoval Franky / Cesar Vallejo en París

Se le acercaron dos y repitiéronle:
“No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!”
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo…
César Vallejo

Creciéndose ante 20 mil colombianos desventurados, el Presidente Santos acaba de emitir en Barranquilla el primer aliento de su “Gran Revolución”. Y como nuestro
cóndor simboliza la acrobacia del colombiano entero, tomemos en serio la declaración ejecutiva y agitemos desde ya las alas en previsión del alto y proceloso vuelo colectivo.

Porque -conjeturo- fue muy en serio que el Presidente dio el trompetazo seminal, a) conociendo, como conoce, la clase de suerte que corren en la historia humana los
sofistas o traicioneros de las revoluciones serias y b) estando en autos sobre la breve equidistancia física que de la histórica Barranquilla hay a Caracas y Cúcuta,
solares respectivos de dos prohombres que le es imperativo emular a tiempo, si de verdad habla de cambio social rápido y profundo. ¿Cuenta Santos con la lealtad y
las agallas, lo acompaña el arranque y la proclividad al heroísmo de nuestros dos parangones  independentistas?

¿Lleva el ADN del revolucionario o, al contrario, carga la genética del facho Sub Rosa? ¿Será el higienista de nuestra política, o su nuevo contaminante?

Bien. No importa que desde 1917 en el mundo haya sucedido por lo menos una revolución anual, lo importante es que Santos sepa:
¶ Que la verdadera revolución no demanda o admite como progenitor a un líder omnisciente, sino a un pueblo cerebral y erguido.  ¶ Que aunque Thomas Jefferson animó a cada generación a efectuar su propio episodio revolucionario, lo cierto es que en Colombia tal episodiobusca la presencia de una generación extemporánea y nueva.  ¶ Que, aunque triunfe o falle el fervor insurgente, siempre habrá gente icónica de gran corazón que se sacrifique para que “la revolución sea el festival de los sufridos”, según lo imaginaba la memorable feminista
australiana Germaine Greer.  ¶ Que aún si el descontento popular no garantiza el éxitorevolucionario, sí afirma la justeza y necesidad de los derechos sociales y políticos
de toda persona.  ¶ En fin, que siempre aplicará en Colombia la aparente tautología del connotado intelectual y combatiente francés, André Malraux: “Nadie puede
hacer una revolución, si no lo intenta en serio”. Y nada de variabilidad político-ideológica sobre la cosa, eh; porque la sumatoria contundente viene del Libertador: “Las revoluciones son más indóciles que el viento”.

Ahora bien, no concierne indagar si Santos habla de revoluciones en sentido metafórico, porque un político de su altura no contemplaría matices apenas figurativos en
cosa de tanto momento como es la consternación social de todo un pueblo. Pues que si estuviera pensando en revoluciones ficticias, se tornaría en el mamarracho y espantapájaros del Hemisferio. Y, peor, sería prontamente lapidado por sus enemigos – los viejos y los nuevos.

Quiéralo o no, Santos ha montado el Carro de Marte y preparado el haz de flechas; e irá a desatar, sin que su volición juegue parte, el trueno, el aquilón y los sacudimientos. Mas, si lo hace bien, Colombia dejaría de ser una condición, y se convertiría en un gran país.

Estupendo. Porque el cambio drástico lo viene apremiando objetivamente la nación desde hace mucho tiempo, y sin actitudes de capa caída ante la vileza que libremente se pasea en el país.

Como preámbulo de la revolución pacífica, Santos habría de jugar, dentro del grupo elitista a que pertenece, el rol del grafólogo moral que inculpe la voluntad, actualmente estólida, de este sector tocado. Grupo nacional al que le incumbe monologar, relativo a su culpa,
como querelló consigo mismo sobre su falta de entereza el opulento mozo Simón Bolívar, avergonzado de su molicie social y de su ‘ennui’, allá en el París  esplendoroso de la Época Dorada: “¡Ay, yo no soy nadie!”, se autocastigó el adolescente, “Solo un rico, lo
superfluo de la sociedad, el dorado de un libro… bueno apenas para dar fiestas a quienes valen algo”.

Mejor dicho, habrá Santos de predisponer, con la inevitabilidad de su entusiasmo revolucionario, la vergüenza colectiva de las oligarquías nacionales. A la manera del mismo joven puntilloso, que de regreso a su terruño y en vísperas del levantamiento independentista de Venezuela exhortó con palabras de fuego a sus colegas pusilánimes en la Sociedad Patriótica de
Caracas: “Unirnos para reposar y dormir en los brazos de la apatía, ayer fue mengua, hoy es traición. Y ¿Qué decís? ¡Que las grandes revoluciones deben prepararse con calma! Trescientos años de calma ¿no bastan? ¿Se requieren otros trescientos todavía?”.

Pero hay algo preocupante. Santos ha dicho que la revolución “no es entre ricos y pobres”, ni “una lucha de clases”. ¿En serio? Es válido ciertamente que afirme, por ejemplo, que en un país en que hubo violencia sin revolución, haya ahora revolución sin violencia. Pero quedesconozca o niegue (digamos) que la reforma agraria de fondo que necesita Colombia se deba expresar como una discordancia de clases o estamentos y un forcejeo entre ricos y pobres, eso califica como suprema baladronada, a no ser que Santos lo proponga cual amparo o subterfugio
retórico-táctico, lo cual sería contundente y maquiavélico, es decir, magnífico. Que Santos inicie su ‘revolución’ como apetezca, porque en algún momento estratégico la gente que lleva en su entelequia la revolución inmanente se encargará de que ésta tome cuerpo propio y cumpla
su función genuina, que es la de hacer de Colombia un país igualitario. Y, por paradójico, ¡más lucrativo para la clase rica!

Y es que las clases sociales no son un concepto abstracto, sino una realidad empírica forzada
-yuxtapuesta- sobre la ciudadanía según el discurrir histórico de toda una nación. Cada colombiano cae, pues, dentro de un espacio social prefijado que le determina la manera como ha de ver el mundo y que le suple o le sisa los medios muchos o pocos para sobreviviren armonía y conflicto con otros colombianos. Estas clases sociales hacen que las relaciones mutuas entre
personas aparezcan como operaciones tiránicas y fantasmales entre cosas. Que prorrumpan como operaciones autónomas y contradictorias entre fetiches, por ejemplo, el empleo, la tierra, la vivienda, el salario, los comestibles, el transporte, la escuela, la salud, etc., cuyo
control y pleno goce descansan más allá del poder individual o popular de la ciudadanía desvalida (casi toda). Y ésta es la explosiva dinámica social que se ostenta en Colombia con luz tan potente y destino tan incierto hoy.

Lo fundamental, entonces, está en olfatear una verdad profunda: que una justa ráfaga de ánimo suele extinguir las revoluciones débiles y robustecer las fuertes, tal como el rayo desploma el arbusto y prende el bosque. Las clases sociales colombianas son ese bosque y su imagen
pública, conciencia y justificación doctrinal las trae al trance y al apretado trence revolucionario. Trance de una índole tal, que en el futuro se narre de Colombia análogo
portento al del sublime fallecido que el poeta insurrecto regresó a la vida:

… Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporose lentamente,
abrazó al primer hombre; echose a andar . . .

César Vallejo

Jairo Sandoval Franky, Washington, DC ___:

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