De cambio a drama

Sep 21, 2014 by

drama

Washington, D.C. Por: Jairo Sandoval Franky

Nuestro conflicto armado ha sido fundamentalmente un implacable pleito de clases – una pugna entre grupos económicamente dispares ─. La ‘Paz’ que por conducto tan fortuito logremos definir engendrará una simple antinomia: el retorno a las contradicciones sociales no sanguinarias, a un status quo ante inestable y baladí.

Historiando con avisado talante lo anterior, se discierne que la violencia colombiana contemporánea: ● Se concibió en los cenáculos más floreados de la oligarquía conservadora en los años 40. ● Se extendió con el holgorio frentenacionalista de los 60. ● Mutó con el neoliberalismo ‘milagrista’ de los 70, el tenebroso de los 80 y el finisecular de los 90, hasta obtener su eclosión orgiástica en ese que fuera el temprano purgatorio bi-cuatrienal de nuestra presente centuria. ● Tuvo por estribo y arreos el trabajo operacional de las capas hegemónicas secundarias, respaldadas por el cuartel y la imprenta. ● Se ha venido a verter arterialmente, y a chorros, en los lagares escuálidos y enlutados de un pueblo raso endémicamente malherido y paupérrimo.

Mas lo fundamental acá no es la lucubración ideológica del cruento panorama nacional. Porque: “Antes de reputar la narrativa histórica de mito o ideología, se la debe calificar de alegoría: el decir una cosa y significar otra”. [‘The Content of the Form, Narrative and History’. Hayden White, Johns Hopkins U. 1987]. Lo determinante más bien reside en la comprehensión crítica y real de las partes históricas en crisis, en hacer aprecio de su engranaje material y de sus efectos sociales. Lo cual demanda una estrategia de análisis centrada en lo vivo y concreto, punto de partida hacia una abstracción que se apropia de ese sujeto “concreto”, para reproducirlo de inmediato cual concreto-pensado. La “violencia”, pues, debe hallarse presente en la razón del analista colombiano cual presupuesto. Y este proceso epistémico, ora omitido ora tolerado, no puede acaecer como mero “abracadabra”, o alelada maroma de contemplación, pues se caería en intelecciones pánfilas, como ésta uribista: “En Colombia no hay guerra, sino desorden público”.

Existe, eso sí, un sector único que sistemáticamente ofusca la realidad, y se trata de la jerarquía social que por detentar el poder, el privilegio y la fuerza necesita las desfiguraciones y diligencia el encubrimiento. Y es que:

● El malestar social de Colombia ha sido una constante desde la incepción de la ortodoxia republicana en 1819. Y desde las medianías del siglo pasado (±1948) el país vive la agudización acompasada de las dolencias político-sociales atrás tocadas. Cuyas causas últimas (infraestructurales) residen precisamente en las contingencias objetivas de: a) la producción material totalitariamente incautada y, b) su distribución social ficticiamente equitativa. Dos factores económicos deletéreos, por fortuna finitos, que prioritariamente determinan las relaciones interpersonales entre los actores sociales, y que con el tiempo van siendo desdibujados, hasta ser eventualmente remplazados por más potentes modos de producir y de distribuir, lo que a su vez conjura nuevas (y desiguales) formas de existencia, trabajo y propiedad.

● Al lomo de semejantes mutaciones socio-económicas fundamentales y antagónicas hemos venido los colombianos aguantando por décadas desastrosos ecos políticos, judiciales, constitucionales, legislativos, etc. (superestructurales), cada vez más desequilibrados y repugnantes, en reacción a las usurpaciones, los crímenes y atrocidades, de ritmo guerrillero-paramilitar-coquero, y de tinte burocrático. Condiciones desquiciadas que, mutatis mutandis, son la levadura de muchas crisis sociales intestinas. Y que si entre los colombianos “picapleitos” no han sucumbido a las obsesiones revolucionarias, eso se debe al accionar punitivo, endógeno (interno) del poder estatal oligárquico.

El presente momento histórico de Colombia, por asemejarse, grosso modo, al de la Francia, durante su célebre Revolución, merece cotejo:

En el terreno de lo hermenéutico, (lo interpretativo), los historiadores Tocqueville, Guizot y Taine, definieron una burguesía primaria creadora del armazón prerrevolucionario galo. ● Para el analista Jaurès, el vigor económico e intelectual de esa clase maduró el poder burgués. ● Para el ensayista Mathiez, el antagonismo hacia las clases populares exacerbo la complejidad de la Revolución. ● Para Lefebvre, otro analista, los objetivos del movimiento campesino coincidieron en parte con los objetivos de la burguesía revolucionaria. En notable consonancia con lo anterior, se inflamaron los rangos de la miseria. Se multiplicaron los antagonismos internos entre los trabajadores. Se fomentaron las hostilidades entre la pequeña burguesía y los artesanos, entre la aristocracia y el campesinado, y entre el campesino propietario y el indigente,

En contrario, la entrada en escena de la clase media, el elemento cardinal y motor de la Revolución, no marcó un cambio en la lucha de clases, porque el enemigo de esa revolución siempre fue la aristocracia, y el de la burguesía, la masa popular. “La historia es un movimiento dialéctico”, afirma Albert Soboul, erudito francés, y añade, “…sus cultores deben reconocer su complejidad… y también las demandas que le dan su aspecto dramático”. ‘La lutte de classes sous la Révolution’. La pensé. . 1954.

● Volviendo a lo dramático, el tema central y por insólito que parezca, el acto revolucionario exitoso, no significa un desfogue humano cimarrón y fanático. Y no obedece a la improvisación, sino a la necesidad histórica, por ser ésta la expresión rebelde e ineluctable de: a) la contradicción recíproca entre las formas sociales históricamente mantenidas, y b) la contradicción entre los individuos y la cambiante masa de las fuerzas sociales de producción. Doble negación que solo estalla cuando la convulsión interna del proceso viste suficiente dinámica empírica para derrumbar (a la fuerza), o para transmutar (pacíficamente) el sistema existente.

● Comporta reseñar que Colombia no está todavía en las delgaditas, que no se aproxima a una catarsis, o a un merequetengue sanguinario del sistema político (aun si por décadas las condiciones sociales de la nación, por anárquicas y monstruosas, lo amerita). Pero que sí arribó a un acomodo de comportamiento social semipacífico, pues que: ● Ningún orden social establecido se desarma hasta que la totalidad de sus potencialidades se materializa in toto. ● La clase, que por tener sobre sí todas las calamidades y diera por conveniente la revolución violenta, la trabajadora, no ha logrado una conciencia permanente y compacta de clase. ● Parte sustancial de nuestra clase media, empoderada por la corrupción y el crimen especulativo, accede cual neo-oligarquía a los ejidos privilegiados de las hegemonías ancestrales, en busca de legitimación, con Álvaro Uribe de “Duce”.

En síntesis: Toda revolución sanguinaria queda por ahora precluida en Colombia. Y quizás hable por nosotros quien dijo:

“Los cambios pacíficos se arruinan, no porque no se haga lo debido para lograrlos, sino porque se hace lo necesario para malograrlos”.

Jairo Sandoval Franky, Washington DC

Related Posts

Tags

Share This

Leave a Reply