Colombia Externa

Dec 25, 2014 by

col

Por: Jairo Sandoval Franky. Washington DC

 Las cosas que se dicen en referencia a las comunidades colombianas del exterior son procesadas tal como se enjuician los milagros de los santos: sin que nadie las escrute y sin que nadie totalmente las entienda. Lo cual significa que son aplaudidas con remilgos o rechazadas con ojeriza sin que en ello medie el análisis y menos el consenso.

   Y es que las sucesivas diásporas colombianas partieron en respuesta a las desastrosas, insufribles, condiciones económicas y/o políticas del macrocosmos emisor y tendieron a desarrollarse según los escenarios que les presentaron los respectivos países receptores. Son, pues, obra de la aguda problemática del país de origen, y de sus faenas de adaptación a las múltiples sociedades de destino. En esto no difieren de las oleadas trashumantes de otros países latinoamericanos, a no ser que se analicen partes de la inmediata e idiosincrática realidad histórica colombiana, entonces su exclusividad salta a la vista.

   En efecto, la población diaspórica de colombiana (± 5 millones) contrasta con la mexicana y las centroamericanas en su composición de clase y sus vertientes territoriales primigenias. La dispersión colombiana emanó en su mayoría de la clase media urbana, asalariada y profesional, y de la rural agroproprietaria. Y fue más regional que capitalina. Se identifica con la boliviana en sus transversales causas narcoreferentes y con la peruana, en sus acarreos político-subversivos. Sumatoria: Se emigró de Colombia como reacción (políticamente pasiva) al narcotráfico, a la lucha subversiva, al resultante desempleo, a la inseguridad y a la menguante calidad de vida del país.

   En consecuencia de lo anterior, el éxodo nacional trajo al exterior la misma mentalidad de la masa poblacional que permaneció en Colombia, los mismos sentimientos negativos, el mismo cansancio, la misma falta de interés por solucionar, en colectivo y fraternalmente, la grave realidad nacional. Igual individualismo, igual incapacidad de consensuar expresamente una conducta de avance mancomunado. Colombia sigue en las mismas y el éxodo terminó forjando un archipiélago de comunidades aisladas e independientes. Los únicos lazos genuinamente fraternos entre Colombia y su diáspora son los vínculos familiares; y entre emigrados, los de puntual amistad.

   La comunidad colombiana de EE.UU. no es la excepción. Falló en el esfuerzo de instaurar un organismo político de aliento nacional (estadounidense). La comunidad, a) quedó más dividida que antes tras la catástrofe de NACAO, b) no ha sido capaz de potenciarse electoralmente a nivel nacional, ni estatal y, c) brilla por su ausencia en la lucha confederada de las comunidades latinas por la legitimidad migratoria. Mejor dicho, los colombianos en Estados Unidos nos hemos fracturado, independizado de la colectividad latina y unos de otros.

   Ni siquiera el empeño por la representación externa en la Cámara Baja de Colombia ha servido para unirnos, para empoderarnos o para enorgullecernos. Hemos hecho el ridículo con la insignificancia de las votaciones, la mezquindad de las componendas electorales y la inutilidad de los elegidos a representantes. De tal manera que si los colombianos del exterior no contáramos nominalmente con las dos curules que “tenemos”, el efecto sería el mismo: ¡nada!

   Mientras el éxodo colombiana no se convenza de que su gran futuro radica en los mismos países en que vive no logrará su gran potencial colectivo. Así tal, la mejor manera de contribuir a Colombia seria dedicándose justamente a mimarse, el éxodo, a sí y a agarrar al vuelo las pocas oportunidades fecundas de obras conjuntas Diáspora-Colombia. Pero lo fundamental sería esto: que, más allá de la asistencia circunstancial o aplicada, el auxilio que exclusivamente los colombianos del exterior podemos brindar a Colombia reside en subrayarle la manera sana, fraternal y efectiva de resolver problemas sociopolíticos – una vez aprendamos, en los países avanzados de residencia, el arte y la aplicación de tan logrado expediente.

   La comunidad colombiana de EE.UU en particular precisa convertirse en pieza sustantiva de la congregación nacional latina – cincuenta millones de personas audaces, batalladoras y triunfantes, llamadas a objetivarse en pocas décadas como la fuerza motriz del país anglosajón y como su caudillaje social y político.

   Así fortalecido, no habrá cosa que el éxodo colombiano no pueda hacer, al unísono y en toda latitud planetaria, por sí mismo y por Colombia. Jairo Sandoval Franky. Washington DC

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